Mi cesta
Hoy es un día especial para los amantes de los libros. Un día en el que los recuerdos nos transportan a ese lugar del pasado cuando apenas medíamos poco más de un metro y nos hallábamos en un inmenso edificio, de techos hasta el cielo y estanterías repletas de historias y aventuras. Cuando las secciones de terror y suspense eran pasillos prohibidos, y los libros leídos se contabilizaban por sellos en una cartulina. Pero las bibliotecas no sólo tuvieron y tienen un papel fundamental en nuestra vida, también en nuestra historia. Motivo este, por el que hoy queremos celebrar este gran evento recordando a Johannes Gutenberg. Revolucionario de la imprenta moderna, y antecedente directo de nuestros sistemas actuales de impresión.
Gutenberg no fue el creador en sí de la imprenta. Dicha atribución se remonta tiempo atrás al Gran Imperio Chino. En el siglo VI d.C, durante la dinastía Tang, los monjes inventaron un sistema de matrices de madera talladas que se entintaban e imprimían sobre una hoja de papel. Cada tabla de madera pertenecía a una hoja.
En la Biblioteca Británica de Londres podemos encontrar el «Sutra del Diamante». Un antiguo texto budista y ejemplo conservado de los libros impresos según este método conocido como xilografía.
Posteriormente, durante la dinastía Shong, llegó la imprenta de tipos móviles. El inventor fue Bi Sheng. En este sistema, cada carácter individual era una pequeña pieza de arcilla. Estas se formaban a través de barro cocido sobre unas planchas de hierro. Las piezas se combinaban para formar palabras y se entintaban para realizar la impresión. Sin embargo, contaban con la desventaja de que a menudo se rompían. Pronto, comenzaron a fabricarse en madera, y posteriormente en metal.
Sin embargo, fue Gutenberg quien revolucionó la imprenta perfeccionando las técnicas ya existentes.
Hasta entonces, en Europa, el único método de impresión que existía era la xilografía, y únicamente era utilizado para panfletos publicitarios o políticos.
Los libros o manuscritos se realizaban a mano a través de monjes copistas. Cada trabajo podía durar hasta varios años. Esta circunstancia, hacía de los libros, un bien sólo al alcance de reyes y nobles. Esto no ayudaba a la alfabetización, cuyos índices eran mínimos.
En este entorno, Gutenberg apostó con Johannes Fust que sería capaz de realizar 150 copias de la Biblia en la mitad de tiempo que el mejor copista tardaba en finalizar tan sólo una. A lo que Fust financió el proyecto.
Gutenberg talló unos moldes en madera de cada una de las letras del alfabeto y los rellenó con hierro. En total fabricó más de 150 tipos móviles. Para formar las palabras, sujetaba los caracteres en un ingenioso soporte.
La prensa primitiva de madera, llamada prensa de nervios, recordaba mucho a la prensa del lagar, de ahí los nombres que recibió en latín y que aún hoy subsisten en la lengua culta: «prelo» y «tórculo». Las mismas raíces que tenemos en «presión» y «torcer».
Dos años después, cerca de acabar las 150 Biblias, volvió a quedarse sin capital. Gutenberg perdió la apuesta, y por consiguiente los derechos sobre el negocio, quedando al frente el sobrino de Johannes Fust, que había trabajado como aprendiz de Gutenberg y conocía todo el entramado y funcionamiento del invento de la imprenta.
Peter Schöffer concluyó el encargo de las Biblias. Debido a la rapidez de la ejecución, pronto comenzaron a recibir innumerables encargos. Ahora, de un golpe, se podían hacer tiradas de mil ejemplares, lo que permitió el acceso de muchos más lectores a los libros, y supuso toda una revolución en la globalización de la cultura.
La Biblia de Gutenberg (también llamada de 42 líneas) se denominó incunable, al igual que todos los libros editados antes de 1500. Su nombre procedía de «in cunabilis», en la ‘cuna’ de la imprenta.
Actualmente, en España se conservan dos de estas biblias, una completa en Burgos y otra en Sevilla, que tan sólo conserva el Nuevo Testamento.

